A veces me veo desde fuera, y me encuentro buscando esos ojos que no son los mios.
Otras veces me rompo desde dentro, pero nada puede salir, porque, cuanto más me azotan, más pequeña me hago yo y más grande ella, entonces es cuando cada golpe revuelve todas las terminaciones nerviosas de mi piel y yo me escapo de lo que soy, y disfruto siéndolo.
No pudo llorar, porque en esos momentos siento tanto que estoy libre del resto de emociones. Y [te]deseo (y no estás).

Me encuentro con mi realidad cuando el cuerpo se estremece de placer. Cuando todos los azotes se hacen uno, cuándo recupero la [in]consciencia de mi misma y ella se esconde, para que yo pueda volver a intentar llenar ese vacío.
No puedo llorar porque en esos momentos no soy yo, desaparece la niña débil, necesitada, sentimental, la que derrama lágrimas por caricias sin cumplir. Y es ella, ávida de sensaciones, la que toma el control, la que quiere saciarse de límites, la que se alimenta de mi deseo, la que siempre quiere más. El orgullo, que se mezcla con el dolor que a su vez se mezcla con el placer, y que me inunda, azote tras azote, para recordarme lo que soy, lo que quiero, que controla mi cuerpo y mi excitación, que se [me] entrega.
Es luego cuando aparecen todas las lágrimas contenidas, cuando los recuerdos a todos y cada uno de ellos, cuando me prometo que será la última, que no volveré a dejarme llevar, mientras busco la siguiente sesión. Tal vez en la siguiente llore, y me rompa, encuentre por fin ese límite y pueda saber que he llegado al final, puede que sea en la que todo termine, en la que las dos nos juntemos en una sola y yo pueda volver a ser libre.



Sigo buscando mi término medio entre sumisa y spankee, aunque ya nos lo decía Selene y sus 

